Cualquier parecido entre lo escrito y mi realidad, es pura coincidencia.

d’agost 24, 2010


Un paseo, de cañas recogidas y la pesca retornada antes de la puesta de sol. El plomo, encogido, no pesa, mientras la tensión del aparejo deviene solaz por el trabajo cumplido. El anzuelo, entre el beso y el muerdo, exhibe el interrogante de su cuerpo retorcido, a la espera de cerrar un próximo encuentro. El corcho, todavía mojado, rezuma río con el último soplo del viento, enroscado entre los árboles, despidiéndose. El polvo, que dejando marca no recoge la huella, por ser livianos los pasos que no nos llevan, incumple las normas de los caminos antiguos. Posarse, con tino, desvistiendo la ruta, desdibujando el destino.

Las mangas recogidas, como las preguntas que he ido haciéndole durante el día y que ahora, sin orden ni prisa, responderá. La memoria, de momento, no le traiciona, cómo si viene haciendo la salud. Le muerden desde dentro... y las dentelladas, son del propio cuerpo. La sombra en la piedra, y la inmutabilidad de ese momento (la pausa y el sustento), es una constante que se viene repitiendo en cada trayecto de vuelta, que es cuando las fuerzas malviven de la reserva y el último aliento. Apoyándose en un disimulado abrazo que permito y agradezco, por su peso, como una pluma, toma asiento. Trémula la voz en contraste a un discurso sereno, el carraspeo es una señal de silencio.

- La vida nos vive... y, casi siempre, nos sobrevive. La muerte, en cambio, jamás nos tiene. Somos, en sus manos, como la brevedad del primer beso. Porque, por poco recorrido que tengamos, siempre superará el tiempo y distancia que nos supone morir. Recuerda que no sólo hay un camino, ni un ritmo ni un tipo de paso. Puedes saltar, retroceder, moverte en círculos... Jugar con el tiempo hasta creerlo controlar. Pensar, imaginar, vivir en el blanco... y como un lienzo, pintarlo, redibujarlo, romperlo o regalarlo. Pero sé tú... sólo tú... quién dirija el trazo.

Sonríe... y me revuelve el pelo. Y con él, las preguntas e ideas que divagaban y pululaban a la espera del verbo.

- He disfrutado el momento. Probablemente, he tenido más de los que merezco. He mecido el amor hasta el tormento, cuando, muriendo, no he podido retenerlo. He vivido el anhelo, el abrazo del deseo y la consumación de todo ello. He sido testigo del primer llanto, del primer paso y el primer tropiezo. El balbuceo y la palabra, hasta llegar a un te quiero... a un papá... a un abuelo. Supongo que fue la compensación a una infancia en ruinas; a la falta de pan, a comernos el aire y masticar el cielo... a alimentarnos de sueños, a jugar en ellos... a apostar la cordura a la alienación y a la enajenación voluntaria... la apostasía meditada y la censura clara a querer crecer. Pero... ¿quién querría? Las cenizas como lecho... la desconfianza, el miedo, el rencor... el desorden, el hambre, la desesperación... y sobrevivir no es un hazaña, es un acto de venganza, para ver morir al deudor.

Sonríe. Suspira. Cierra los ojos. No quiere tenerlos abiertos...

- Preguntabas por la felicidad... La felicidad... La felicidad es oírte reir... el sonido de una pisada por la mañana y su peso en la cama... El resumen de un abrazo... Las frases que no se han dicho y aún así, has oído... La felicidad es un vaso de vino; una loncha de queso y un taquito de jamón... es la confianza de dar la amistad y recibir a un amigo... La felicidad es no necesitarla pues la tienes contigo... Y ahora... ¿quieres hacerme feliz, y caminar conmigo?

- El horizonte no siempre es el mismo... hoy lo veo cerca... mañana, quizá no lo distingo. Por eso miro... y miro... y camino.