"Ya en los más antiguos recuerdos, surge, sigilosa, su oscura figura. La merodeadora. La que el alma reclama, aún vivo o todavía no muerto. Jamás tiene prisa, le gusta la calma. Deja que el miedo lo anegue todo, sumergiendo en la ponzoña de la desesperanza lo que podría ser anhelo de sobrevivir. Y ríe... ríe sin gracia, una carcajada mecánica. Ja ja ja. Muerde sin dientes, dejando que esa baba viscosa infecte, con rápida putrefacción, heridas invisibles que crecen desde dentro, destruyendo recuerdos, ralentizando movimientos... desdibujándose uno, sus rasgos cogen color. Y el final suele ser el mismo: marchito, en un rincón, el cuerpo consumido, exprimido hasta la extenuación. Mueres desde el olvido, de dejar de saberte tú mismo, de la desazón que provoca verse tan perdido. "¿Quién demonios era yo?".
Pero teme a ciertos niños. Le dan pavor. Odia la seguridad, la confianza en uno mismo, el hacer las cosas porque quieres, sin tener que preguntar. El tener miedo y saberlo, pero también la falta de conciencia y el atrevimiento de enfrentarse, de no recular. Lastima su orgullo no poderlos atrapar. En alguna ocasión ha pensado que había llegado el momento: el plantearse, porque no lo sabe, si podían llegarle a dañar. Incluso, quién sabe, llegar a morir. Cuenta, por contra, con su principal baza: el paso de niño a mayor. Responsabilidad
Voraz, come por comer. No es el hambre, ni la caza. Es algo más primario, más cerca de la esencia de ser lo que es: es el control del sufrimiento, la ocasión de demostrar poder. Ah... gozar de esas caras, de esa lenta agonía; de saber que, por su culpa, poco a poco van a desaparecer.
Y con el frío se encoge. Se hace pequeña. No se encierra en una cueva ni hiberna..."
-Papá, papá! ¡Aquí es cuándo se la ha de matar! - exclaman los niños al unísono. - Aprovechar que nos tiene miedo; que se parece a la gente que se come. Débil, débil, merodeadora!
-Cierto es... pero recordad que, aún sin fuerzas, tendrá mucha más de la que vosotros jamás podréis tener. No deja de ser una leyenda... pero todo cuento tiene algo que nos permite aprender. Y a veces creo que éste, particularmente, tiene tanto de cierto como para permitirse creer. Por si acaso, manteneos firmes, juntos, valientes y con todo podréis.
Cierran los ojos, confiados, sintiendo el peso del cuerpo del padre, que hundiendo la cama, provoca que caigan hacia él. "Papá... ten cuidado. Que los cuentos, a menudo, se abren paso a bocados..."
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