
La Avanguardia, 27 de Desembre de 1952
Historia de un sepelio itinerante
Las mañanas se suceden porque el tiempo no atiende a súplicas o ruegos. La demanda, la atención o la necesidad confabulando con el salto, la pausa o el retroceso. El paisaje es uno porque no se mira, y los caminos se cierran en uno sólo: avanzar.
Los rostros, los gestos, los cuerpos... La mayoría de combinaciones no encajan, y chirría la lógica cuando la sonrisa sobreviene en la mirada ciega, o la lágrima anega la seguridad de la certeza de hacerlo bien. Todo esconde algo; nadie muestra todo. Es un teatro, y por allí se acerca un personaje secundario.
Cojea, arrastrando la pierna como las ilusiones, y en la mano sostiene la conciencia: una foto de ella. Conforme se acerca, su mirada me apresa. Casualidad o no, parece que sepa quién soy. Me aterra el vacío que proyecta: habla sin tono, casi sin voz; mira a través de las sombras, como si supiera realmente desde dónde se proyectan; inerme, sin gestos de súplica o frases demandando comprensión, acepta la letanía lacerante y el flagelo constante que supone, lacónico, dar voz a su historia y condición.
"Sobrevivir es, para mi, morir sin la prisa del tiempo" sentencia mientras nos sentamos, de espaldas al mar "ése que me seduce con el oleaje y el mensaje que ofrece cubrirme de espuma y dejarme soñar". Susurra y dice, que entre olas, hallaría consuelo. "¿Para qué necesito ahogarme si ya vivo sin aliento?". La conversación derivará, desde ese momento, en una maraña de ahora y ayer, en un balbuceo ininteligible y la lucidez de una aseveración cuerda y tajante. La credibilidad , lector, no dependerá de mi.
"Es la última foto que pude hacer". Me la entrega y calla. Una mujer consumida me mira y sonríe, sin tristeza ni afectación. Sólo sonríe, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirando a la cámara como la madre que sorprendre a su hijo e, incapaz de reprenderlo, ríe. "Sólo viendo esos ojos, sabía que seguía siendo ella". Incapaz de enfrentarme a lo que sé que he de preguntar, es él quién se adelanta y responde. "¿Si llegué a matarla? Sólo ella lo sabe, porque desde el día en que murió, sólo sé olvidar." Seguro, sin matices ni subterfugios, no suena a coartada ni justificación, ni a papel asumido de redentor o redimido. Describe la caída, el avance inexorable de la depresión y el anidamiento de la apatía... los días encerrado en casa, y allí, en sí mismo. El reloj de ideas funestas, el tic tac socavando la voluntad, las agujas abortando la cuenta atrás cuando se entrecruzan ("era el tiempo devorándose; los minutos guillotinando horas"). Cómo el color sucumbe al negro, y todo se apaga... y duele mucho, mucho menos.
Durante horas, no duda, no divaga, no rehuye ni se enfada. Expone todos los detalles de su particular visita y estancia "en la sala blanca: ese lugar, propio, donde los demonios tienen la cara de la amistad y el sufrimiento es la medicina del lamento para extinguir la culpa". Me dice, cuando acaba, que ni es ni lo que busco ni lo que los lectores quieren.
Apagándose la luz, desvela el origen y las razones que lo llevaron a él, a un cuerpo y a un carro, a dar vueltas por el país.
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