Cualquier parecido entre lo escrito y mi realidad, es pura coincidencia.

d’abril 09, 2016

El niño bombilla ha dejado de alumbrar...

"Vive y brilla. Que tu luz sea la de los demás".

Intentó, siempre que supo, darle forma a la promesa que selló con mamá. Aquel recuerdo, que asaltaba las noches antes de acostarse, que se asomaba sin pedir permiso para dejar constancia que no debía olvidar. Mamá, tendida en la cama, sedada por la calma de verse acompañada de quién quiso y quién siempre la querrá, forzando, extenuada, la palabra. "Para mi, siempre fuiste especial. Por la paciencia ante quién no entiende. Por la comprensión ante quién no quiere escuchar. Porque, ante todo, eres mi hijo y porque, con una sonrisa, siempre quisiste luchar. Prométeme, mi luz, que, después de alumbrar mi final, seguirás repartiendo esas ganas de ver, de observar. De entender y aceptar. De mostrar como el reverso tiene un sentido. Como la otra cara también es una realidad. De dar cobijo a quién huye. De huir de quién busca el mal. De reírte de quién quiso herirte, de curar a quién ya lo hizo y no sabe si arrepentirse o continuar. Todas las sombras merecen su oportunidad..."

Y eso hizo.

Doblemente rechazado, antes de nacer y ya nacido. Casualidad de un amor no correspondido, causalidad amoral del abandono de un hogar. Creciendo, protegido, por el amor en la mirada, la ternura de la caricia, el consuelo en el abrazo, la fuerza en la palabra de mamá... frente a la sorpresa y el disgusto en la proximidad. "Mirad qué niño... anormal". "Dios mío... ¿qué futuro le puede esperar?". Jamás permitió que anidara el desánimo ni la conformidad. Tampoco se quiso saber especial. Hasta aquel día, inicio del final.

No sabría decir que edad tendría, si alguna vez la tuvo, porque nunca le importó no saber contar. Mamá decía que los números condicionaban los días: las horas y los minutos con prisas; los segundos que arreciaban con la violencia de quién no sabe parar; la cantidad que faltaba o sobraba y no dejaba saborear lo que se tenía y disfrutar. "Si no sabes cuánto tienes, nunca echarás nada a faltar". Retomando el discurso de la memoria, aquel día, en la cotidianidad de la soledad, jugaba con su nave espacial (módulo central de galletas maría, alas de zuecos de un hospital) y los viajes a un pasado que tampoco quería cambiar. Y el sollozo que precede al llanto... y el llanto que no puede parar. "Hola. ¿Qué ha pasado? ¿Te puede ayudar?". Y el miedo que no aparece. La curiosidad vence. Cuestión de edad. "Me he caído. Me duele. ¿Me puedes curar?". Y el primer brillo... y el haz tenue que va cubriendo al herido, cicatrizando no sólo la herida, sino también su soledad. Es y será su mejor amigo.

Y llegar a casa. Cansado. Rendido. Agotado y consumido. Y no poder responder qué ha pasado. "Que lo explique mi nuevo amigo...". La compañía, sorprendida, intentando que crean que estaba tendido, sangrando y herido, y cómo, desde la sinceridad, su deseo fue concedido, pero no queda marca que lo pueda corroborar. Y sumirse en un sueño de niños con niños, de juegos por fin compartidos y despertar y constatar que, esta vez, va a ser real. 

En el regazo mullido, recostado contra el pecho que le dió de mamar, el niño bombilla, balancea el sentido de haber nacido especial. "No eres diferente", murmura mamá. "Hay quién da forma a lo onírico con acuarelas y paisajes de suicidas queriendo sorber el mar. Los hay que inventan diferentes formas de matar. Los hay que en su generosidad se entregan de forma incondicional. Tú, hijo mío, tienes el don de sanar. Y encontraremos a quién simplemente sonría, sin importarle la reciprocidad. Y eso, eso sí te hará especial".

Y el niño, ya no lo pudo ser más.

No hubo demanda descartada ni persona por quién se negará a brillar. Pero la cura del otro implicaba tener que enfermar.

Y fue mitigándose el brillo, el manto de luces que podía curar. El niño bombilla, fundido, sumía sus sueños en la oscuridad.  "Hazme sitio, mamá. Que mío sea tu brillo, ése que me permitía olvidar. Las burlas, los golpes, a todos los que me querían mal. Me he dado y entregado. Creo que estarás orgullosa. Siempre me viste especial. Mamá... Ahora sí dame cobijo. Ese abrazo eterno que me permita descansar..."

Y a la luz de las sonrisas de los amigos, las lágrimas dando sustento al camino, se permite, con un último suspiro, dejarse apagar.

"Brillo... Brillo... Hola, mamá"